martes, 31 de mayo de 2011

Por qué Roberto Carlos estaba equivocado.

Si... Es verdad que Wikiargentos fue mi catapulta a la fama (¿No son acaso las catapultas no más que cucharas de helado gigantescas?), pero no siempre fuí Mr X, sino que antes también supe tener una vida.
Y me la ganaba como escritor de biografías no autorizadas. No obstante, siempre me pareció algo incoherente que se me pague por redactar algo que después ellos mismos no me autorizaran a publicar. Pero así es el mundo, amigos, loco loco. Y la farándula es un tanto excéntrica, le gusta alardear sobre tener biógrafo.
Este último tiempo estuve trabajando sobre un proyecto freelance, pero a último momento, el artista se arrepintió de publicarlo. Ayer llegaron a casa las 40 cajas de libros que envió la imprenta, recién editados, y traducidos a 15 idiomas. Igual necesitaba estanterías.

Es así que vuelvo a ustedes con este material directo del corralón. Quisieron comprarlo Papparazzi, Caras y Gente, pero Wikiargentos tiene un lugar en mi corazón, y además me paga la cochera (para el día de mi muerte). Sin más preámbulos:

ROBERTO CARLOS. El origen.

“Yo quiero tener un millón de amigos y así mas fuerte poder cantar”

Un idealista que expresa con deliciosa poesía la metáfora de la importancia de la fraternidad, el amor por el prójimo, el compartir la vida con los amigos. Nuestros hermanos por elección. Nuestras almas gemelas. Y así podría seguir hasta parecerme a una tarjeta musical. Pero me empalagué.
Gente. ¿Es que acaso nadie ve que esto no es normal? Como siempre, la lírica disfraza la obsesión de un ser desequilibrado, falto de afecto y con baja auto-estima (ya que piensa que sólo logrará cantar a un decibel mayor, con la existencia de los otros).

Friends”. Son seis (y encima se dan entre todos). “La liga de la justicia”. Son cinco (Seis, cuando Acquaman convence a la víbora de la novia para que lo deje salir. Pollerudo). “El gordo y el flaco”. Son dos. “Los tres chiflados”. Son tres. “Thelma y Louise”, dos, “Timon y Pumba", dos, “Batman y Robin”, ”Tommy y Dally”, “ Tonto y Retonto”, “French y Berutti”, “Fresco y batata” "Román y Martín" "Ortega y Gasset" … Sigo?

Con una lógica cuanto menos curiosa, ya desde tempranos tiempos Roberto Carlos andaba con el delirio de los amigos.

Cuenta la leyenda que el pequeño Robertito, en una noche despejada, pidió un deseo a una estrella fugaz que cruzaba el cielo. “Un millón de amigos”.

No uno, para andar en bicicleta de dos asientos.
No dos, para jugar a los tres mosqueteros.
No tres, para armar un truco.
No cuatro, para un partido de papi fútbol.

UN MILLÓN. El pequeño Robertito Carlos quería todos esos amigos, pensando equivocado, que así encontraría la felicidad. “Es regla de tres” pensaba. “Si con mis amiguitos del jardín soy re feliz, y eso que somos poquitos, y encima esta el boludito de Marquitos que se come los mocos, y el insoportable de Carlitos que lo único que hace es hablar del baño de la casa, con un millón de amigos, ¡voy a ser el rey del mundo! ¡Master of the universe!” (es que era un jardín bilingüe)

Y así, el pequeño Robertito pidió su deseo a la estrella fugaz (que años mas tarde se enteraría de que era el OVNI del noticiero), sin saber que estaba firmando su sentencia.
Se hubiera pedido un millón de dólares. Un millón de figuritas difíciles. Un millón de soldaditos de plástico. Un millón de frutillas de torta. Un millón de modelos de exámen. Pero no. Él va y la pifia con el mambo este de los amigos.

Y en ese momento comenzó su pesadilla.

Al día siguiente, la maestra les presentó a Pablito, un compañerito nuevo que venía de una ciudad muy, muy lejana.
“Oh!” Pensó el pequeño Robertito. “Un nuevo amigo. El deseo ha sido concedido!” Y así comenzó Robertito a incluir a Pablito en el póker del recreo del jardín y en las apuestas clandestinas debajo de la escalera del coserje, que se armaban con los campeonatos de bolita. Robertito estaba muy contento con el nuevo amigo, hasta que sobrevino el primer desengaño. Una tarde de invierno, después de dormir la siesta sobre la mesita, Juanita, la noviecita de Robertito, lo despertó a los sacudones, con lágrimas en los ojos:

- “No puedo creer esto! Así que los juegos de la botellita están todos arreglados!!! Y vos que me decías que las besabas a estas perras facilongas sólo porque la botella las señalaba!”

Luego Juanita, despechada, corrió a los brazos de Pablito, el soplón. Y así, este Judas infante, después de ventilar este secreto de Robertito, se puso a salir con Juanita. REAL LIFE.

Claro que el ingenuo soñador de Little Roberto Carlos siguió pensando que encontraría en su masa de amigos, el reconfortable apoyo.

La vida siguió y años después, Robert tuvo que cambiarse de escuela porque sus padres se mudaron (en realidad los buscaba la policía por un hecho confuso en un cabarulo). Lejos de sentirse triste, vacío y desplazado, Robertito pensó que era la nueva oportunidad que la estrella fugaz de su infancia le daba, para multiplicar su numero de compinches. “Escuela nueva, compañeritos nuevos” pensó Little Roberto, y partió feliz y sonriente hacia su primer día de calvario. De nada sirvió la bolsa de caramelos para regalar que llevo al recreo. Lo único que consiguió, con su desesperado y rastrero intento por agradar a todos, fue una piña en el little estómago, y una obligación de hacerle la tarea a Andrés, el rudo del curso.

Pero Robertito no se rendiría tan fácil. Tuvo su desquite cuando se creó el ICQ. Esa fue su época de gloria. Afianzó amistades, se sentía como pez en el agua, se sentía como deshecho tóxico en el Riachuelo, se sentía como En su salsa. Todas las noches a las 21.00 se conectaba con Fullzero y mientras esperaba con impaciencia la conexión dial up, se preguntaba a quién encontraría una vez la margarita verde dejara de girar. Mediante este floral medio de comunicación, se enteraba Robertito de los cumpleaños y reuniones que se organizaban en las tres divisiones de su curso.

“Su época dorada”, así la llamaría él mismo más tarde, recordándola con agria melancolía...

Fueron los de antaño tiempos felices en los que era invitado a todos los asaltos, esos encuentros ya olvidados en la lejana pubertad, en los que adolescentes inexpertos desafiaban la madurez bailando lentos y jugando al semáforo, con la única consigna de llevar bebida algunos, comida otros. Lo que el alborotado hormonalmente Roberto Carlos no veía, es que esa cantidad de invitaciones a asaltos tenían su causa común en el hecho de que su padre era almacenero, entonces el canchero Robert podía llevar Frenchitas, y repartir Tazos ganadores a todos. Se sentía el rey de la noche, sin percatarse de los acercamientos por conveniencia de esos a los que él sentía sus amigos…

Durante estos años locos, cosechó también Roberto Carlos su amor por la música, desarrollando el arte de la canción, convirtiéndose así en el quíntuple campeón consecutivo de Karaoke, en su escuela secundaria de Valentín Alsina. Fue en estos tiempos en los que, empujado por el ferviente deseo de ganar el diploma al "Mejor Amigo promoción 1983", compuso su conocido hitazo, y lo convirtió en el Himno Nacional de los inseguros. Esto, por no hablar de lo insultados que se sintieron los padecientes de fobia social, a quienes esta canción les costó más de una sesión de terapia grupal. GRUPAL. Estos psicólogos son unos cínicos.

Asi, año a año Robert fue incrementando su contador de amigos, hasta llegar a la adultez. Él, que siempre llevaba una sonrisa en el rostro, él, que siempre tenía un consejo para dar (esto último gracias al container de galletas chinas que se encontró en el puerto, una noche en que no lo dejaron ingresar al Casino Flotante). Él, que pasaba noches en vela consolando a giles dejados por novias suripantas, él, a quien todo el mundo veía feliz y predispuesto a tomar su guitarra para alegrar un fogón, ignoraba que su propia vida estaba desmoronándose atrás de este deseo descabellado. Despellejado. Desafinado. Descafeinado.

Sus más allegados comenzaron a darse cuenta de que esta obsesión estaba arruinando su vida cuando Roberto les confesó, en una noche de alcohol, estupefacientes varios y prácticas sexuales confusas, que se había visto obligado a hipotecar su casa de San Isidro para poder cumplir con el millón de regalos del 20 de julio.


Este fue el punto en donde Roberto tocó fondo. “Fondo” la tercera canción de su quinto álbum, en versión acústica. Sus amigos de verdad, los únicos que lo bancaban en todas, contados con los dedos de las manos, entre ellos el conocido político otrora cantautor, Don Ramón “Palito” Ortega, se fumaron la guitarrita y pandereta de percusión por diez minutos, y luego lo internaron en la quinta de este último. Todo con el fin de ayudarlo a superar su adicción, mediante métodos de rehabilitación novedosos traídos por Palito en su último viaje a Iurop.

Pero todo debía hacerse con cautela para que el público fan de Roberto Carlos (cinco flaquitos que se juntaban en el Abasto a corear sus canciones) no se entere de la internación. Así fue que Palito, su best friend forever, le pagó a un doble para que cumpla con las presentaciones y conciertos de su amigo. Por ahorrarse unos mangos, Palito contrató a un vago medio pelo que terminó echando el plan por la borda por entrar en el mundo del fuchibol. Igualmente nadie notó la ausencia de Roberto Carlos, ya que la mayoría lo confundía con César Banana Pueyrredón.

No fue fácil para Robert comprender que tenía un problema. Pero a pasito de tortuga ninja y con la ayuda de Palito se fue recuperando. La terapia era dura. Cada vez que Roberto Carlos tenía una recaída, Palito le ponía los buffles al mango con la versión remixada de “La felicida- a- aa- aaa- ad!”

El siguiente paso fue eliminar del Facebook a los amigos que había agregado sólo por conocidos en común. Tres días y tres noches lloró Roberto, al sentir que una parte de él se iba con cada “Borrar de mis amigos”.
Pero lo peor ya pasó. Atrás quedaron los episodios de epilepsia y espuma por la boca. Hoy Roberto volvió a tener cachetes rozagantes, y una cantidad de amigos manejable. Palito le dió el alta cuando tuvo que hacer lugar en la quinta para un tal Charly, que tuvo unos pequeños problemitas con unos inocentes psicotrópicos de alto impacto.

Y mientras tanto yo, más Mr. X que nunca, les profeso, mis polluelos…:

Más vale calidad que cantidad.

Y si no me creen, pregúntenle a Charly…



Hasta la próxima!

por siempre suyo, Mr. X