martes, 29 de noviembre de 2011

Las Tortas

De todos los rituales sociales hay uno que se destaca por varias razones. Una es mantenerse inmutable en el tiempo y otro es su sinfín de momentos incómodos para propios y extraños por ese afán de mantener una tradición que nadie osa en romper para no recibir la peor de las maldiciones de mala suerte y fatalidad.

No precisamente es el del cumpleaños en sí, sino más específicamente el de la torta. Esa que las mujeres miran con deseo y los hombres de reojo, esa que hay que cortar.

Hace unos años atrás fui invitado a un cumpleaños una prima de mis primos, un compromiso que lamentablemente no pude eludir por razones que explicaré en otro momento.

Seguramente la madrina, en busca de reconocimiento fugaz, se pasó la tarde entera, embebiendo el bizcocuelo en almíbar, untándolo en dulce de leche, batiendo la crema, cortando las frutillas, decorando esa obcena obra de arte de la gastronomía casera.

Después de haber bebido y comido exageradamente, amagué para irme porque tenía un compromiso un poco menos totrurador y más placentero como un fútbol 5 con amigos. Craso error.

- "¿Cómo que te vas? ¿No ves que todavía no cortamos la torta?" - exultante la madrina -
- "Ah, estem ... bueno me quedo un ratito más".

Lo que la madrina no tenía en cuenta es que yo ya había dedicido irme, y ella me estaba reteniendo, ¿treinta minutos? ¿cuarenta y cinco más quizas? Chau fútbol, hola estigma eterno por faltador sin aviso y a último momento.

Y comienza el ritual.

- "Mari, traé la vela"
- "Nos olvidamos de comprarla, vamos a usar esta común nomás, ¡vení Santino vamos a soplar la velita!"

Santino es un sobrino, el mas chiquito, de 3 años que adora el ritual, obviamente no era de él el cumpleaños pero es SU momento.

Después de haber escupido un rato el decorado de la torta, el nene está satisfecho y cantan todos el feliz cumpleaños que, al son del payaso Plin Plin, ridiculizó a la cumpleañera que no supo que cara poner (aunque ahora se estila cantar y aplaudirse a sí mismo, al alter ego, al super yo y al ello).

- "Uy, no pediste los tres deseos..." 
- "Cierto, los tres deseos, se me ocurren dos, y bueno, el tercero es que River vuelva rápido, ya fue" - piensa la prima futbolera - .

La madrina preguntó si los invitados querían platito y cuchara o "la comen así nomás" en una servilleta de papel. Asunto que a veces, sale bien y algún copado dice "dale así nomás" pero lo cierto es que a nadie le gusta ensuciarse las manos y la cara comiendo como en un campamento boy scout quedando bollos de papel y torta por el piso.

También es cierto que después de haber comido todo tipo de saladeces, gaseosas, cerveza, vino, champagne, etc., uno no quiere incluir 1200 calorías al momento, pero lo tiene que hacer, madrina estuvo TODA LA TARDE TRABAJANDO.

Las tortas de cumpleaños me empalagan y me cuesta terminarlas, pero siempre lo termino haciendo de compromiso. Ahora sólo me queda remarla en dulce de leche y crema con mis amigos, que jamás me perdonarán semejante traición, dejarlos por una torta de cumpleaños.

@Piojor


miércoles, 9 de noviembre de 2011

De las vicisitudes del locatario y otros cuentos



“¡Lo decidí! ¡Me mudo sola!”
Era lo único que repetía en mi mente una y otra vez. Un día se me instaló la idea de doblar los barrotes de la dependencia, y no pude esperar: Me largué la caza de una nueva casa. (¿No es cómico acaso que si decimos “la casa de una nueva caza” también tenga sentido, si nos queremos referir al dos ambientes donde vive el chongo que me levanté el sábado pasado en el bar de turno? Cósmico. Mágico. El equilibrio del universo.)

La cuestión es que me dí manija, y en un par de días ya tenía en vista dos lindos departamentitos. Después de descartar el aguantadero de traficantes de monitos africanos carteristas, me decidí por el otro. Ya pudiendo oler mi independencia pensaba: “Se terminan  los Dónde estabas? Con quién te vas? A qué hora volvés? Bajá los pies de la mesa! De quién son esas drogas?” Y sus etcéteras”.

Pero no todo es color de rosas, le decía Ken a Barbie, luego de pinchar una cubierta mientras paseaban una tarde en convertible.

A esta altura todavía estaba rozagante de alegría, fuerte como un roble, sin nada que me doblegue. (Nada me triplegaba, mirá lo que te digo!). Ni los dos meses de comisión que me afanó magistral y elegantemente la inmobiliaria, ni el mes de garantía que me sacudió el dueño (¿Pensará que voy a dedicarme a dibujar en las paredes? Venderle todos los apliques de luz? Subalquilarle el balcón a un par de okupas ex  presidiarios?... Ojo, por ahí ahora que soy oficialmente pobre, tenga que hacerlo: “Lo hago por mis hijos”, decía Nazarena). 

Y yo ahí, firme como cola tras sesión de electrodos. Haciéndole frente a los 2500 informes que pidieron de mi y mis garantes al Veraz,  la CIA, al FBI, y al Inspector Gadget. Soportando estoica e imperturbable, digna de medalla al temple, las ruines técnicas psicológicas del comercial de la inmobiliaria, las cuales perseguían el claro objetivo de quebrar mi compostura para conseguir su comisión, Monstruo!.

Todavía puedo escucharlo diciéndome, manipulado por quién sino por Lucifer, “Yo que vos… Señaría, no se… Esto te lo digo off the record (aguanta la bocha, 007)… pero hay una parejita interesada” (yo, confundida, sin poder dejar de pensar en la “parejita” ¿Serán enanos? Gnomos? Jockeys? Liliputenses?).

Por fin firmé, tras sortear un pequeño mal entendido sobre una información que se filtró, relacionada a unas deudillas de juego, y me dieron las llaves. Sonreí con cara de locataria, ignorando el futuro. Me sentí madura como pelón machucado, libre como taxi a fin de mes, liviana como un agua saborizada, fresca como un desodorante con extracto de aloe vera (Neruda llora de emoción en 3, 2, …).

Partí desde la casa que en tiempos más simples fue mi hogar. Me despedí de mis viejos con abrazo, lagrimón y gracias por todo, como si fuera a combatir en la franja de Gaza (Yo con una franja de gasa me hago alto pañuelo) Un rato después llegué  a mi nuevo búnker.

Y ahí estoy yo, recién mudada, subiendo 6 pisos por escalera a oscuras (aprovechando porque eso de pagarme el gym quedo atrás), con mi vida metida en una caja de cartón, unos cubiertos viejos  y un repasador que le afané a mi vieja (Como si fuera a volver a comer alguna vez, inocente palomita llena de germencitos y enfermedades) .

 El primer día me encontré ahí adentro, en ese monoambiente vacío, tendiente al eco, y lleno de agujeritos que alguna vez supieron ser clavos en la pared, pero todavía me pareció que era motivo de festejo. Con un tono entre feliz y un tanto presumido, como refregando mi autorrealización, invité a los de siempre, para “estrenar el depto” (lo cual es paradójico, porque el edificio tiene 40 años).

Antes de que llegue el grupete, fui hasta el baño a "pegarme" una duchita. Nunca mejor dicho. Me pegué el palo de mi vida tratando de entrar en el recinto de 2x2 que aspira, sin éxito, a ser una bañera. (Expresión que en este caso estaría errada porque una ducha de 2x2 sería bastante espaciosa. Y cuadrada. Para que vean que se de geometría).

No sé cómo pasó, pero de un momento a otro me estaba bañándo enfrente del inodoro (“Exprimimos cada metro cuadrado”, era el slogan de la compañía constructora de 1970), y no pude evitar pensar en los baños de inmersión con sales aromáticas  que solía disfrutar en mi casa. Porque sí, mi anterior hogar va a pasar a ser “la casa de mis viejos” en un par de años recién.

En un arrebato de optimismo encontré el modesto espacio del baño muy íntimo y acogedor. Sí…Igual de acogedoras que las canillas de ducha a alturas poco recomendables, combinadas con resbalones inoportunos. En unos días les cuento.

Prosiguiendo, llegaron los distinguidos invitados. El Rata, su novia darkie con la hermana, y el gordo Jorge, que también vino a festejar que consiguió laburo de cadete en una mensajería. “Che,  no te jode, no? Te deje la moto en el palier…” (Es que el gordo es un motoquero de colegio privado) “Pierde un poco de aceite pero le puse un diario abajo. Todo piola no?”, listo, ya me había comprado el primer quilombo con la vejeta del 8vo B. “Sobreviviré” le respondí permisiva, y agarré la única birra que trajeron entre los cuatro.

Bien helada! Menos mal porque no tengo heladera!” Dije, y risas varias se sucedieron. Recapacité al acordarme que me  iba a encajetar con 42 cuotas en Garbarino  y no me iban a quedar muchas ganas de hacer chistes. O de congelar cosas. (No entiendo porque las NO FROST son más caras, si no traen Frost!).

Que no tenga ni un mísero destapador no importa, porque el Rata abre las birras con los dientes (le duele pero tiene que mantener el apodo), que no tenga sillas es hasta casi divertido porque el sentarte en el piso me hace sentir medio hippona (no, no te da hipo), pero permitirles fumar adentro, no. Boludeces no. Ya no más.

Cuando tenés un monoambiente se te llena de humo la cocina, el dormitorio y el living. Que es todo lo mismo, se entiende, no? En diez minutos estábamos los cinco inmersos en una nube tanteando las paredes para encontrar la ventana.

Cuando logramos salir al balcón, nos tropezamos todos con las 15 macetitas con jazmines, gladiolos y potus que le compré al del puestito de en frente.  ¿Qué quería hacer? ¿un jardín de invierno? “Cosas de mi vieja”, dije para zafar. Nadie me  creyó, pero todos me siguieron la corriente, y el momento incómodo pasó.

Después, el horror. Ya en el balcón, (cuya orientación da a un patio interno, no podía ser de otra forma) visualicé,  a 5 metros de distancia, la ventana del dormitorio de los vecinos, con la luz prendida. Sexagenarios y atrevidos, ellos. Cuando alcancé a distinguir lo que estaban haciendo, decidí comprar cortinas. Y juré sobre la tumba de la mama de Bambi, que nunca jamás, pase lo que pase, volvería a asomarme. (Era eso o sacarme los globos oculares con una cuchara de helado, que tampoco tengo).

Después de varios minutos logramos apartar la vista (la escena era un tanto hipnótica). Sin embargo el gordo Jorge seguía llorando,  todo muy fuerte.
Al rato se terminaron  yendo todos a un bar. Ellos. Yo me quedé guardada porque no tengo un mango y no me gusta pedir prestado. (Temo que me voy a tener que ir acostumbrando) Sin mucho que hacer, decidí irme a dormir. Después de todo, me merecía un descanso, un sueño reparador. Y fue ahí cuando empezó la loca con TOC de arriba a mover los muebles. 

Básicamente, la primer semana fue un ir y venir de bandas magnéticas y tarjeteadas. Vendí mi alma al banco, para “comprarme” el sommier y un par de pequeñeces que me gustaron en el bazar, pero que nadie sabe bien para que sirven. (A continuación una pequeña guía: Sacacorchos, saca los corchos. Pelapapas: Pela las papas. Escurreplatos: Escurre los platos. Servilletas: Sirve las lletas.).

La segunda semana ya la arranqué mas vapuleada porque tuve que pagar las expensas (el tercer invento argentino más redituable después del dulce de leche y el colectivo, antes del subsidio). Buscando una actividad libre y gratuita, decidí ir a dar una vuelta para despejarme. Al salir a la calle, sorprendida, ví a un hombre metido dentro de un mameluco, que deja poco a la imaginación. Al parecer estaba muy ocupado desterrando de la vereda una hoja seca de árbol. La interminable lucha se prolonga porque el oso en jardinerito beige está utilizando solamente la técnica del chorro de la manguera. “Disculpe, Señor Portero”… lo interrumpí. “ENCARGADO, piba.” Me dijo, mientras me destruía con la mirada (ese debe ser el otro método que aplica con la hoja).

Claramente no era momento para comentarle que se tapó el baño, se me rompió un caño y que tenía la cocina, el dormitorio, y el living inundados (que todavía es todo en uno), así que seguí viaje.

En la esquina me crucé con el flaco del 5to D, y atiné a saludarlo. Me miró sin ver, no me reconoce. Soy LA NUEVA. Me sentí sola en el mundo. Y además no tengo cable.

Hundida hasta el cuello en el mar agitado de mis pensamientos, me acordé que tenía que ajustar unos estantes antes de que, a juzgar por mi suerte, se me cayeran en la cabeza. Entré a la ferretería de mi nuevo barrio, “El tornillo loco”. (Debe ser del mismo dueño de la verdulería  del barrio “la espinaca loca”, la fiambrería “el salchichón primavera loco”, y  la granja “la milanesa de pollo loca”… Que gente extraña.).

En un rapto de orgullo y con el poco amor propio que me quedaba, me hice la Mc Giver. “Necesito un destornillador Phillips, sí,  de la estrellita es, por si no se ubica”. El ferretero me vendió lo solicitado, y me engrampó uno más porque “uno es destornillador y el otro tornillador, mami". Cuando me di cuenta de la estafa, rompí en llanto (en realidad el Barney color caqui me lo hizo notar entre risas burlonas). 

Con la autoestima arrastrada cual barrilete sin viento, pisoteada como volante de arreglo de celulares repartido en peatonal, decidí terminar por un rato con la vida de adulto (Y pensar que antes tenía la idea de que eso se trataba de ver películas condicionadas). Me tomé el colectivo con las monedas contadas hasta mi viejo hogar, y ya harta de los deliverys, le pedí a mi vieja que me cocine ravioles: “Esto no es un hotel, querida...”.

Y yo que  pensaba que esa frase me hacía enojar! Emocionada, la abracé, y le dije: “Toma, Má, te traje algo”. Ella, con los ojos vidriosos y un nudo en la garganta, me responde: “Ay! Un regalito! Te acordaste de mi cumple!”.

Traté de manotearle la bolsa para que no la abra, apelando a las técnicas distractivas más potentes (Cuidado! Atrás tuyo!) pero ya es tarde. Ella ya había reconocido mis medias sucias. Me dio un beso y prendió el lavarropas (lava las ropas).

@demuza